Cobrar un penalti definitivo requiere preparación psicológica para manejar la tensión y enfrentar el duelo en caso de fallar.
MUNDIAL DE FRANCIA 98. Croacia enfrenta a Rumania en los octavos de final del torneo y el árbitro pita un penalti a favor del primero. Davor Suker, el 9 croata, acomoda el balón en el punto de pena máxima. Ignora que él será el goleador de la Copa, pero ya en ese momento su actitud revela que tiene la madera para conseguirlo. Da cuatro pasos atrás, lleva su mano derecha al cuello y con la yema de los dedos se toma el pulso. Su mirada revela seguridad y decisión. El balón sale con fuerza hacia el lado izquierdo del arco. El portero adivina la dirección, pero llega tarde. Gol.
El psicólogo español Joaquín Dosil, presidente de la Sociedad Iberoamericana de Psicología del Deporte, conserva el video para exponerlo como ejemplo de preparación mental de un futbolista para enfrentar el momento más tenso de su profesión: el cobro de un penalti en un torneo importante, bajo millones de miradas y a sabiendas de que la copa puede esfumarse al final de esos 11 metros. "Suker había trabajado a nivel mental -relata Dosil a CAMBIO-. Realizaba una serie de rutinas antes del lanzamiento para controlar las respuestas fisiológicas, como lo hizo con aquel gesto curioso de contabilizar sus pulsaciones".
Como los músicos, los futbolistas saben que el asunto no se limita a practicar a solas hasta que la ejecución salga perfecta. A la hora de la verdad, la fortaleza psicológica para conjurar el pánico escénico y la tensión del momento tiene una carga mucho más poderosa de lo que los espectadores suelen creer. Tantas copas se han perdido en la historia por centrar los esfuerzos en los pies y subestimar la mente, que no ha quedado más remedio que abrirles las puertas a los psicólogos deportivos.
Piernas bien temperadas
La preparación implica autoconocimiento. "Los jugadores deben aprender cuál es su punto de tensión -explica Sandra García, psicóloga deportiva del Independiente Santa Fe-. Eso implica desarrollar técnicas para el control de la respiración y la tensión muscular". No es para menos, porque un jugador sobreactivado no es él mismo: las dotes que muestra en el entrenamiento desaparecen en el momento clave.
Ejemplo de lo anterior fue la actitud de Miroslav Djukic en el último minuto del partido Coruña-Valencia, que determinaría el campeón de la Liga española de 1994. "Respiraba con la parte de arriba de los pulmones, mostraba sequedad en la boca y tics nerviosos -dice Joaquin Dosil a propósito del comportamiento del experimentado serbio al servicio de Coruña-. Colocó la bola y dio los pasos rápidamente, sin firmeza. Todas sus respuestas fisiológicas demostraban que no estaba preparado psicológicamente". Resultado: lanzó mal y la copa se esfumó.
Pero el extremo opuesto no es más ventajoso. Los jugadores muy relajados suelen cobrar con poca potencia o sin puntería. Basta ver los históricos yerros de Sócrates en México 86 (Brasil-Francia) o de Maradona en 1990 (Argentina-Yugoslavia), a todas luces frutos de la excesiva confianza. Por eso, Sandra García compara la actitud de un deportista en ese momento con la cuerda de una guitarra: "Si está muy tensa, se rompe, pero si está muy suelta, suena destemplada. La psicología ayuda al deportista a afinar sus cuerdas".
Las rutinas recomendadas por los expertos pueden adecuarse a cada jugador, pero en general deben incluir factores como acomodar el balón con tranquilidad, pensar hacia dónde ejecutar, ver el arco, dar un número predeterminado de pasos, controlar el pulso y decirse "estoy bien". "El éxito cuando uno prepara psicológicamente el lanzamiento es mucho mayor que cuando no lo hace -asegura el psicólogo español-. ¡Es algo tan sencillo y difícil a la vez!".
Esos procesos son conocidos como "control cognitivo", que consiste en aplicar técnicas para aplacar la euforia, recuperar la certeza de ser un buen cobrador cuando la mente se siente insegura o mejorar la toma decisiones. Algunos deportistas nacen con esas capacidades y otros pueden adquirirlas con la ayuda del psicólogo deportivo. La actividad suele llevarse a cabo en sesiones grupales e individuales en las que el entrenador o el experto en salud mental simulan todos los escenarios posibles -un estadio lleno, una hinchada en contra, un marcador adverso, la lotería de los penaltis- y la reacción ante cada uno.
Aunque la preparación apunta al triunfo y en este sentido se centra en las rutinas para cobrar bien, también incluye la eventualidad de fallar o perder. Al fin y al cabo, el impacto psicológico de un error de esta índole no es leve. Muchos jugadores no logran olvidar ese momento y cada vez que enfrentan una situación semejante reviven el miedo y corren el riesgo de fallar de nuevo. El serbio Miroslav Djukic recordaba en mayo pasado: "La jugada, la imagen, el momento, me persiguieron durante mucho tiempo, era como una obsesión insana. Un día decidí que no podía seguir pensando en aquel maldito instante, no quería volverme loco".
Fallar un disparo definitivo significa un duelo para un futbolista. "Experimenta una fase de desolación, una de asimilación y otra de readaptación -asegura Joaquín Dosil-. El psicólogo del deporte tiene que conocerlas, tanto para entender la rabia como para motivar al jugador a decir, cuando haya otra oportunidad, 'yo quiero cobrar".
1965
PRIMER CONGRESO Mundial de Psicología del Deporte. Diez años después la especialidad llegó a Colombia.